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La entrada solemne y triunfal
del ejército tras la batalla
provocó que esquinas y calles
permanecieran dilatadas.
Seiscientos eran los hombres,
un millón las filosas espadas,
eran quinientos los caballos
que sembraron las grandes hazañas.
Pero si en todos lados vieron
acometer las violentas armas
fue porque por ellas pusieron
la libertad bajo amenaza.
Desfiló el duro ejército
con su abundante vitualla,
bajo los altos y blancos cielos
de la nueva y fresca mañana.
Lucharon bajo las tempestades
más indómitas de la jornada,
vieron ellos anónimos heroes
perder la vitalidad de sus almas.
Se ocultaron en refugios
(el dolor a la valentía llama),
se ocultaron en laberintos
bajo los arbustos y sus ramas.
Y huyeron a paso rendido
al iniciarse la batalla,
sintiendo haber ofendido
a sus enemigos y sus armas.
Se ciñe su cobarde leyenda
bajo las coronas de las ramas,
colocadas en sus rojas frentes
hasta las mejillas afianzadas.
La entrada sublime y triunfal
del ejército tras la batalla
provocó que esquinas y calles
permanecieran dilatadas.
Yamil Artigas
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