III-LAS
LETRAS DANZANTES
Jueves…
Jueves siete y dos de la tarde. Un tango interpretado por D`Arienzo en
la cantora. El hombre contempla un mapa, chupada tras chupada de su obstinado
rubio. Las nubes de humo se confunden con el vapor del café que, impaciente en
la vieja taza, espera ser bebido.
¿Cuántas veces había repasado en la semana la antigua y memorable visita
de Florencia Pilhud a su despacho: una, cinco, veinte veces, una vez cada
segundo en esos largos siete días…? No lo sabía. Debía dejar de hacerlo. Debía
abandonar todo análisis fotográfico que le indujera sobre si ella lo amaba o
no; era una incertidumbre histórica y debía olvidarla. Volvió a examinar el
mapa, no sin un asomo de nostalgia con respecto la vida…
-Señor Saravia-empezó diciendo la viuda-soy docente. Todas las tardes de
los miércoles y los jueves doy clases de literatura en la escuela secundaria de
N.
El detective estaba de pie, llenando el mate de agua.
-¿Literatura, eh?-repitió frunciendo el entrecejo-Verá usted, no soy un
genio, pero siempre he sido un lector voraz, a pesar de que mi área es la
aritmética.
-¿Leyó a Conan Doyle?
Saravia bebió el mate y sonrió con la bombilla en los labios.
-¿Si leí…? ¡Pfff! El canon completo. Aunque de chico solo tuve
acceso a las primeras obras. Mi archivo
está inspirado en el de Sherlock Holmes.
-Entonces… ¿De su aplicación a la lectura de Conan Doyle se hizo
detective?
-También de Poe-agregó Saravia, volviendo a sonreír-Nada de otro mundo.
Mi primer caso lo tuve a los nueve años. Acusaron al conserje de mi escuela de
asesinato. Deduje por lógica que el director con ayuda de una cocinera. Pero
nadie me creyó un cacahuate.
-Cuénteme, por favor.
-No, pero lo hare algún día si me da la gana. Ahora hablemos de su…
¡Argh!...Ca…so… ¡Arghh!
Agustín Saravia comenzó a golpearse con la mano débilmente su pecho,
como queriendo despertar. La profesora le golpeo la espalda. El detective lanzó
un aborrecible estertor, retrocedió unos pasos y, haciendo un esfuerzo más bien
moderado, escupió una masa, pegajosa y verde, que cayó por encima de las
carpetas de la viuda de Smith.
-Estoy mejor… ¡Arghh!-y añadió:-A ese malnacido de Guido Del Valle lo
encerré en la cárcel hace veinte años; demostré su culpabilidad en un caso
horrendo: prostitución de menores. Cuando no servían más, los cuerpos aparecían
en un basural. Incriminaron a los peronistas judíos por eso. Muchas quedaron
embarazadas por oficiales.
La viuda Smith agito las dos manos a la altura de sus ojos, mientras
decía:
-¡Por favor, basta! ¡No siga! ¡Es horrible!
El detective se rascó la cabeza.
-Lo siento-eructó- pero mire usted, cuénteme todo.
-Bueno, si…-asintió la viuda, sentándose y limpiando con un trapo sucio
la masa verde y pegajosa-Todos los días tomo el colectivo a las diez para ir a
la plaza de N a las once. Allí camino cinco cuadras hasta la escuela. Pero,
desde hace dos meses, alguien me sigue.
“A la semana de toparme con el perseguidor, se le cayó esta nota que,
escrita en birome, dice:
GUIDO DEL VALLE VUELVE TARDE O T
-Pero usted conoció a Del Valle, mi estimada viuda; caso contrario, no
subrayaría su importancia en el acontecimiento, ¿cierto?
-Cierto. Mi padre fue oficial suyo en Córdoba-respondió la generosa
mujer.
Agustín Saravia, todavía de pie, se rasco el sobaco por debajo de su
camisa y pasó a enseñarle a la viuda una fotografía del juez. Al soplar la
vieja fotografía, el polvo cayo en plenos ojos de la mujer.
-¡Por favor, por favor, aléjese…!
-Mi estimada viuda, le diré que haré. Trabajare en su caso, pero deme un
día de descanso: mañana es mi cumpleaños.
El
cumpleaños
Al día siguiente, el jubilado celebro su cumpleaños en compañía de
Facundo Toledo, quien pudo conseguirle un pastel, fiel presente del panadero,
cuyo honor había rescatado Saravia de unos difamadores. También le regalo un
diario de junio, pero dado a que era una edición dominical, no obtuvo protesta.
Fue un instante muy agradable, cuyo regocijo anhelo el detective perpetuar en
la eternidad. El miércoles Saravia comenzó a trabajar.
A pesar de la incertidumbre de su andar, se sintió bien: que un anciano
pueda trabajar es un acto meritorio que precede al regocijo de los ángeles. Se
subió al colectivo en un paso que mediaba al del caracol y la tortuga, mientras
dos alegres adolescentes le hacían cuernos por la espalda. Se sentó y habló con
el chofer.
-Mire usted, que bendición, tengo trabajo. Un caso, más precisamente. El
juez Del Valle persigue a una amiga mía, una hermosa joven de cincuenta y nueve
años.
Llevaba puesto corbata, traje, sombrero, bufanda y bastón, todo de gris.
Cuando dudaba de sus capacidades (lo que sucedía muy a menudo), consultaba sus
fotos del sr Pilhud, Florencia, Virginia y Martín buscando en sus impresas
expresiones ánimo y fortaleza, aunque una lagrima se le escurría de vez en
cuando.
-¡Cuidado, la puerta está abierta! Mire usted, eso me recuerda como en
1948 el excombatiente paraguayo Alfonso Cuellar fue derribado de la parte
trasera de un colectivo. Lo había botado del mismo un enano, fíjese que
curioso, por una escena de celos, ya que resulto ser su amante.
Pasó casi una hora, de la cual el jubilado se entretuvo con una pueril
conversación; de engreídas pretensiones, diremos.
-¡Chofer! ¿Cuánto falta para llegar a N? ¡Me acosa el frío y el hambre!
Se bajaron los dos adolescentes, y al hacerlo comentaron a viva voz:
-Acá huele a rancio.
Casi como un eco se escuchó un resoplido por detrás de los bigotes del
detective, que en realidad dijo, en voz baja:
-¡Váyase a la mierda!
Y, un momento después:
-¿Alguien pretendería ayudar a un anciano? ¡Me tiemblan las piernas y
tengo helados los pobres bigotes!
Un joven de rostro imberbe y optimista, se acercó con mucha disposición.
-Sostenga mi brazo, buen hombre-dijo, pero al intentar ayudarlo le piso
el pie al pobre anciano.
-¡Vea por donde pisa, despistado, idiota!
Agustín Saravia con ayuda de este imberbe, optimista y recientemente
bautizado, idiota, se bajó del colectivo; en pocos minutos, la viuda de Smith
haría lo mismo, y seria seguida por un sujeto que personificaría el misterio
más espantoso. Consulto su reloj pulsera: apenas habían pasado diez minutos de
las once. El anciano aprovecho que empezaba a despejarse para leer el diario de
junio. Se sentó en un banco y comenzó a leer. Algunos pájaros se acercaron al
banco y el sagaz detective les arrojo migajas de un alfajor vencido que tenía
en su bolsillo. Finalmente, debió amenazarlas con su bastón para alejarlas.
¡Que azul era el cielo! ¡Qué cálido daba el sol en la cara! ¡Que generoso era
el cobijo de los árboles, con ramas verdes y frondosas! ¡El canto de los
pájaros era tan delicado! A este punto de la narración no les sorprenderá el
reconocer como el buen viejo empezó a respirar por la nariz, de manera lenta y
poderosa, sus parpados se empezaron a cerrar y las letras del diario
representaron, ante sus agudos ojos, el paso de unas hormigas. Su respiración,
homogénea como el ruido del motor de un camión, y sus parpados exhaustivos eran
una prolongación de su propia fatiga. La gente que pasaba apenas lo miraba, sin
percibir, evidentemente, como su pantalón, en la zona de la entrepierna más
precisamente. Estaba oscura, húmeda y apestosa. Una hora después, el penoso
espectáculo se redujo a la mínima expresión, y el viejo regreso a su hogar,
avergonzado, como era de esperarse, y con la amarga certeza de haber sido
derrotado ese día.
El
regreso tras una derrota
La mañana del jueves Facundo Toledo fue a llevarle comida y lo encontró
juntando monedas.
-No me alcanza para el bondi, pibe. No…no me alcanza. Creo…creo que este
caso tardará tiempo en germinar.-y luego, derrumbando sus brazos y su rostro a
la mesa, comenzó a suspirar; Facundo entendió que estaba llorando-¡Soy un
viejo, un viejo tonto, tonto! ¡Del Valle es mucho más astuto! ¿Cómo se puede
vencer a algo superior?
Debió repetir lo dicho, porque Facundo no lo escucho.
-Usted lo enfrentó dos veces y lo derroto dos veces; puede haber una
tercera. ¿Cómo lo hizo antes?-pregunto el astuto muchacho, con el fin de que el
viejo asimilara protagonismo.
-Teléfonos escondidos. Declaración grabada. 1941. 1957. En el treinta y
uno tenía yo treinta y cuatro años y cuarenta kilos menos, en el cincuenta y
siete, cincuenta años. El juez era diez años mayor. –comenzó a llorar menos
profusamente y a limpiarse la nariz con la mangas de su camisa-¡Diez años!
¡Diez años!-repetí con el rostro iluminado por una elocuente sonrisa- ¡Pibe!
¡Pibe! ¿Sabes lo que eso significa?
Facundo entendió, pero no le intereso admitirlo. A veces la velocidad de
la sabiduría silencia a la del orgullo.
-¡Significa que ahora tiene ochenta años! ¡Significa que está más
arruinado que yo! ¡Significa que le llevo ventaja!
Y, recogiendo su lupa, comenzó a comparar la caligrafía de la nota que
le presentara la viuda días antes y unos papeles correspondientes a la década
del cuarenta.
-Sí, es la misma letra, solo que a la última le corresponde un temblor
inusual, seguramente producto de la edad avanzada. Si quemamos levemente el
papel y lo exponemos a la luz, podemos
deducir que fue escrito recientemente.
La luz nos indicara la antigüedad de la página.
Acercó una vela y prendió fuego un costado de la nota. Luego la apago y
la acerco a un foco, examinándolos sus ojos por detrás de unos gruesos lentes.
-Este papel es reciente-indico-Tal vez de hace seis meses. Por la forma
en la que bailan las letras, fue escrito en un vehículo en movimiento. El
vehículo, asumimos que un colectivo, se detuvo en tres paradas a intervalos de
cinco, siete y cinco minutos, eso es evidente por las pausas que hace. Es decir
que su escritura llevo un tiempo de diecisiete minutos en completarse. Deduzco
que el autor lo escribió, se bajó del vehículo y lo perdió sin ningún
propósito.
-¿Por qué se demoró ese tiempo en escribir un texto tan breve?-pregunto
Facundo.
Agustín Saravia palmeo al aire y
señalo a su protector, en un acceso poco habitual de énfasis.
-¡Buen punto! Para responder a esa pregunta llegue a la siguiente
conclusión: esa nota fue escrita por Guido Del Valle, que esta torpe de vista,
le tiemblan las manos notablemente y, debido a sus errores de ortografía, no
recuerda bien las reglas del lenguaje que usa, punto que me parece extraño,
puesto que siempre se destacó por ser un gran literato, incluso escribió dos
largos estudios sobre literatura. Dados estos datos, he llegado a pensar, con
la lógica más tajante a mi favor, que el viejo Del Valle no es sino un viejo
senil, capaz de fantasear con su regreso, aunque no tenga fuerzas ni razón para
ello. En la panadería del frente hay un teléfono, llama a Smith y solicítale un
anticipo del que te voy a escribir. Si nos envía el dinero, Facundo, mi
estimado muchacho, mañana cenaremos en romano.
Cuando se marchó el puberto, Agustín Saravia buscó en un mapa de la
ciudad que venía como envoltorio de una bolsa de galletitas, y calculando que
el colectivo llegaba a la estación S entre las 11:00 hs y las 11:05 hs
aproximadamente, al nota debió ser escrita entre las 10:43 hs y las 10:48 hs.
Consulto el mapa una vez más, en ese horario el transporte atravesaba las
calles P y R.
Iría por ese rumbo a buscar pistas.
Esa noche, mientras esperaba a Facundo, se sentó en su viejo y deshecho
sillón, abrió las ventanas para contemplar las estrellas y se embriago con una botella que tenía escondida
bajo la cama. Pensó que el caso no tenía objeto de por sí, pues el juez era una
mente anciana y efímera que ansiaba resucitar un pasado de esplendor.

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