viernes, 2 de agosto de 2024

III-LAS LETRAS DANZANTES








III-LAS LETRAS DANZANTES

 

Jueves…

 

   Jueves siete y dos de la tarde. Un tango interpretado por D`Arienzo en la cantora. El hombre contempla un mapa, chupada tras chupada de su obstinado rubio. Las nubes de humo se confunden con el vapor del café que, impaciente en la vieja taza, espera ser bebido.

 

  ¿Cuántas veces había repasado en la semana la antigua y memorable visita de Florencia Pilhud a su despacho: una, cinco, veinte veces, una vez cada segundo en esos largos siete días…? No lo sabía. Debía dejar de hacerlo. Debía abandonar todo análisis fotográfico que le indujera sobre si ella lo amaba o no; era una incertidumbre histórica y debía olvidarla. Volvió a examinar el mapa, no sin un asomo de nostalgia con respecto la vida…

 

   -Señor Saravia-empezó diciendo la viuda-soy docente. Todas las tardes de los miércoles y los jueves doy clases de literatura en la escuela secundaria de N.

 

   El detective estaba de pie, llenando el mate de agua.

 

   -¿Literatura, eh?-repitió frunciendo el entrecejo-Verá usted, no soy un genio, pero siempre he sido un lector voraz, a pesar de que mi área es la aritmética.

 

   -¿Leyó a Conan Doyle?

 

   Saravia bebió el mate y sonrió con la bombilla en los labios.

 

   -¿Si leí…? ¡Pfff! El canon completo. Aunque de chico solo tuve acceso  a las primeras obras. Mi archivo está inspirado en el de Sherlock Holmes.

 

    -Entonces… ¿De su aplicación a la lectura de Conan Doyle se hizo detective?

 

   -También de Poe-agregó Saravia, volviendo a sonreír-Nada de otro mundo. Mi primer caso lo tuve a los nueve años. Acusaron al conserje de mi escuela de asesinato. Deduje por lógica que el director con ayuda de una cocinera. Pero nadie me creyó un cacahuate.

 

   -Cuénteme, por favor.

 

   -No, pero lo hare algún día si me da la gana. Ahora hablemos de su… ¡Argh!...Ca…so… ¡Arghh!

 

   Agustín Saravia comenzó a golpearse con la mano débilmente su pecho, como queriendo despertar. La profesora le golpeo la espalda. El detective lanzó un aborrecible estertor, retrocedió unos pasos y, haciendo un esfuerzo más bien moderado, escupió una masa, pegajosa y verde, que cayó por encima de las carpetas de la viuda de Smith.

 

   -Estoy mejor… ¡Arghh!-y añadió:-A ese malnacido de Guido Del Valle lo encerré en la cárcel hace veinte años; demostré su culpabilidad en un caso horrendo: prostitución de menores. Cuando no servían más, los cuerpos aparecían en un basural. Incriminaron a los peronistas judíos por eso. Muchas quedaron embarazadas por oficiales.

 

   La viuda Smith agito las dos manos a la altura de sus ojos, mientras decía:

 

   -¡Por favor, basta! ¡No siga! ¡Es horrible!

 

    El detective se rascó la cabeza.

 

   -Lo siento-eructó- pero mire usted, cuénteme todo.

 

   -Bueno, si…-asintió la viuda, sentándose y limpiando con un trapo sucio la masa verde y pegajosa-Todos los días tomo el colectivo a las diez para ir a la plaza de N a las once. Allí camino cinco cuadras hasta la escuela. Pero, desde hace dos meses, alguien me sigue.

 

   “A la semana de toparme con el perseguidor, se le cayó esta nota que, escrita en birome, dice:

 

          GUIDO DEL VALLE VUELVE TARDE O T

 

   -Pero usted conoció a Del Valle, mi estimada viuda; caso contrario, no subrayaría su importancia en el acontecimiento, ¿cierto?

 

   -Cierto. Mi padre fue oficial suyo en Córdoba-respondió la generosa mujer.

 

    Agustín Saravia, todavía de pie, se rasco el sobaco por debajo de su camisa y pasó a enseñarle a la viuda una fotografía del juez. Al soplar la vieja fotografía, el polvo cayo en plenos ojos de la mujer.

 

   -¡Por favor, por favor, aléjese…!

 

   -Mi estimada viuda, le diré que haré. Trabajare en su caso, pero deme un día de descanso: mañana es mi cumpleaños.

 

El cumpleaños

 

   Al día siguiente, el jubilado celebro su cumpleaños en compañía de Facundo Toledo, quien pudo conseguirle un pastel, fiel presente del panadero, cuyo honor había rescatado Saravia de unos difamadores. También le regalo un diario de junio, pero dado a que era una edición dominical, no obtuvo protesta. Fue un instante muy agradable, cuyo regocijo anhelo el detective perpetuar en la eternidad. El miércoles Saravia comenzó a trabajar.

 

    A pesar de la incertidumbre de su andar, se sintió bien: que un anciano pueda trabajar es un acto meritorio que precede al regocijo de los ángeles. Se subió al colectivo en un paso que mediaba al del caracol y la tortuga, mientras dos alegres adolescentes le hacían cuernos por la espalda. Se sentó y habló con el chofer.

 

   -Mire usted, que bendición, tengo trabajo. Un caso, más precisamente. El juez Del Valle persigue a una amiga mía, una hermosa joven de cincuenta y nueve años.

 

   Llevaba puesto corbata, traje, sombrero, bufanda y bastón, todo de gris. Cuando dudaba de sus capacidades (lo que sucedía muy a menudo), consultaba sus fotos del sr Pilhud, Florencia, Virginia y Martín buscando en sus impresas expresiones ánimo y fortaleza, aunque una lagrima se le escurría de vez en cuando.

 

   -¡Cuidado, la puerta está abierta! Mire usted, eso me recuerda como en 1948 el excombatiente paraguayo Alfonso Cuellar fue derribado de la parte trasera de un colectivo. Lo había botado del mismo un enano, fíjese que curioso, por una escena de celos, ya que resulto ser su amante.

 

   Pasó casi una hora, de la cual el jubilado se entretuvo con una pueril conversación; de engreídas pretensiones, diremos.

 

   -¡Chofer! ¿Cuánto falta para llegar a N? ¡Me acosa el frío y el hambre!

 

    Se bajaron los dos adolescentes, y al hacerlo comentaron a viva voz:

 

    -Acá huele a rancio.

 

  Casi como un eco se escuchó un resoplido por detrás de los bigotes del detective, que en realidad dijo, en voz baja:

 

   -¡Váyase a la mierda!

 

 Y, un momento después:

 

   -¿Alguien pretendería ayudar a un anciano? ¡Me tiemblan las piernas y tengo helados los pobres bigotes!

 

  Un joven de rostro imberbe y optimista, se acercó con mucha disposición.

 

   -Sostenga mi brazo, buen hombre-dijo, pero al intentar ayudarlo le piso el pie al pobre anciano.

 

   -¡Vea por donde pisa, despistado, idiota!

 

    Agustín Saravia con ayuda de este imberbe, optimista y recientemente bautizado, idiota, se bajó del colectivo; en pocos minutos, la viuda de Smith haría lo mismo, y seria seguida por un sujeto que personificaría el misterio más espantoso. Consulto su reloj pulsera: apenas habían pasado diez minutos de las once. El anciano aprovecho que empezaba a despejarse para leer el diario de junio. Se sentó en un banco y comenzó a leer. Algunos pájaros se acercaron al banco y el sagaz detective les arrojo migajas de un alfajor vencido que tenía en su bolsillo. Finalmente, debió amenazarlas con su bastón para alejarlas. ¡Que azul era el cielo! ¡Qué cálido daba el sol en la cara! ¡Que generoso era el cobijo de los árboles, con ramas verdes y frondosas! ¡El canto de los pájaros era tan delicado! A este punto de la narración no les sorprenderá el reconocer como el buen viejo empezó a respirar por la nariz, de manera lenta y poderosa, sus parpados se empezaron a cerrar y las letras del diario representaron, ante sus agudos ojos, el paso de unas hormigas. Su respiración, homogénea como el ruido del motor de un camión, y sus parpados exhaustivos eran una prolongación de su propia fatiga. La gente que pasaba apenas lo miraba, sin percibir, evidentemente, como su pantalón, en la zona de la entrepierna más precisamente. Estaba oscura, húmeda y apestosa. Una hora después, el penoso espectáculo se redujo a la mínima expresión, y el viejo regreso a su hogar, avergonzado, como era de esperarse, y con la amarga certeza de haber sido derrotado ese día.

 

El regreso tras una derrota

 

   La mañana del jueves Facundo Toledo fue a llevarle comida y lo encontró juntando monedas.

 

   -No me alcanza para el bondi, pibe. No…no me alcanza. Creo…creo que este caso tardará tiempo en germinar.-y luego, derrumbando sus brazos y su rostro a la mesa, comenzó a suspirar; Facundo entendió que estaba llorando-¡Soy un viejo, un viejo tonto, tonto! ¡Del Valle es mucho más astuto! ¿Cómo se puede vencer a algo superior?

 

   Debió repetir lo dicho, porque Facundo no lo escucho.

 

  -Usted lo enfrentó dos veces y lo derroto dos veces; puede haber una tercera. ¿Cómo lo hizo antes?-pregunto el astuto muchacho, con el fin de que el viejo asimilara protagonismo.

 

   -Teléfonos escondidos. Declaración grabada. 1941. 1957. En el treinta y uno tenía yo treinta y cuatro años y cuarenta kilos menos, en el cincuenta y siete, cincuenta años. El juez era diez años mayor. –comenzó a llorar menos profusamente y a limpiarse la nariz con la mangas de su camisa-¡Diez años! ¡Diez años!-repetí con el rostro iluminado por una elocuente sonrisa- ¡Pibe! ¡Pibe! ¿Sabes lo que eso significa?

 

   Facundo entendió, pero no le intereso admitirlo. A veces la velocidad de la sabiduría silencia a la del orgullo.

 

   -¡Significa que ahora tiene ochenta años! ¡Significa que está más arruinado que yo! ¡Significa que le llevo ventaja!

 

  Y, recogiendo su lupa, comenzó a comparar la caligrafía de la nota que le presentara la viuda días antes y unos papeles correspondientes a la década del cuarenta.

 

   -Sí, es la misma letra, solo que a la última le corresponde un temblor inusual, seguramente producto de la edad avanzada. Si quemamos levemente el papel y lo exponemos  a la luz, podemos deducir que fue escrito recientemente.  La luz nos indicara la antigüedad de la página.

 

    Acercó una vela y prendió fuego un costado de la nota. Luego la apago y la acerco a un foco, examinándolos sus ojos por detrás de unos gruesos lentes.

 

   -Este papel es reciente-indico-Tal vez de hace seis meses. Por la forma en la que bailan las letras, fue escrito en un vehículo en movimiento. El vehículo, asumimos que un colectivo, se detuvo en tres paradas a intervalos de cinco, siete y cinco minutos, eso es evidente por las pausas que hace. Es decir que su escritura llevo un tiempo de diecisiete minutos en completarse. Deduzco que el autor lo escribió, se bajó del vehículo y lo perdió sin ningún propósito.

 

   -¿Por qué se demoró ese tiempo en escribir un texto tan breve?-pregunto Facundo.

 

   Agustín Saravia palmeo al aire  y señalo a su protector, en un acceso poco habitual de énfasis.

 

   -¡Buen punto! Para responder a esa pregunta llegue a la siguiente conclusión: esa nota fue escrita por Guido Del Valle, que esta torpe de vista, le tiemblan las manos notablemente y, debido a sus errores de ortografía, no recuerda bien las reglas del lenguaje que usa, punto que me parece extraño, puesto que siempre se destacó por ser un gran literato, incluso escribió dos largos estudios sobre literatura. Dados estos datos, he llegado a pensar, con la lógica más tajante a mi favor, que el viejo Del Valle no es sino un viejo senil, capaz de fantasear con su regreso, aunque no tenga fuerzas ni razón para ello. En la panadería del frente hay un teléfono, llama a Smith y solicítale un anticipo del que te voy a escribir. Si nos envía el dinero, Facundo, mi estimado muchacho, mañana cenaremos en romano.

 

   Cuando se marchó el puberto, Agustín Saravia buscó en un mapa de la ciudad que venía como envoltorio de una bolsa de galletitas, y calculando que el colectivo llegaba a la estación S entre las 11:00 hs y las 11:05 hs aproximadamente, al nota debió ser escrita entre las 10:43 hs y las 10:48 hs. Consulto el mapa una vez más, en ese horario el transporte atravesaba las calles P y R.

 

   Iría por ese rumbo a buscar pistas.

 

   Esa noche, mientras esperaba a Facundo, se sentó en su viejo y deshecho sillón, abrió las ventanas para contemplar las estrellas  y se embriago con una botella que tenía escondida bajo la cama. Pensó que el caso no tenía objeto de por sí, pues el juez era una mente anciana y efímera que ansiaba resucitar un pasado de esplendor.

 










 

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