AGUSTÍN SARAVIA, DETECTIVE
POR
YAMIL L. R. ARTIGAS
I.
RENACIMIENTO
“El rasgo distintivo del hombre
inmaduro es que quiere morir
noblemente por una causa,
mientras que el del hombre
maduro es que quiere vivir
humildemente por una.”
J.D SALINGER, El guardián
entre el centeno.
Había que dar vuelta el cartel…
Seis diecisiete, lunes. El hombre,
durante aquella calurosa mañana de noviembre de 1.977 (no había dormido), estaba abandonado penosamente en los oscuros y
gélidos abismos de su cama, repasando las páginas de un diario; no tras la
búsqueda de una conspiración o tras las pistas de un asesinato, sino más bien
repasando sin mucho interés la sección clasificada. Rápidamente descarto las
propuestas laborales.
“MAESTRO ALBAÑIL SE NECESITA
URGENTE, BUEN PAGO.”
“SE BUSCA PANADERO ESPECIALISTA
EN…”
“INTERESADOS EN REPARTIR CORREO,
PRESENTARSE EN… CON SU PROPIA BICICLETA.”
Una luz de esperanza muy tenue
recorrió sus húmedos y cansinos ojos. “Debo dar vuelta el cartel.” Realizo un
esfuerzo por levantarse, dos, cuatro, pero todo fue, en un principio, un
rotundo fracaso. Ese impedimento, sumado a la acción posterior de ver la
fotografía de su esposa y de su hijo en la mesa de luz, lo hicieron sentir muy
desgraciado. Realizando un nuevo esfuerzo por levantarse, se le escabulló el
diario por las manos y cayo por encima de su barbuda y rechoncha expresión. El
diario decía en el encabezado:
VEINTITRES DE AGOSTO DE 1.977
-Uggh-se quejó en voz alta-. Mierda.
Su generosa barriga era un obstáculo
más para levantarse apropiadamente. Cuando, al fin, logro sentarse en la cama,
se quitó unas migas de pan con dulce de leche de la boca y se llevó una sucia
toalla a la frente. Decididamente, hacía calor.
Calentó la pava y preparo el mate. A
sus sesenta y nueve años, con un pasado colmado de aventuras, su prestigio en
el área de la deducción no le deparo un retiro respetable. “Los viejos hemos de
morirnos, pero con estilo” solía argumentar. Abrió la ventana, y tras mirar
hacia afuera, se rasco su pecho velludo y dio vuelta un cartel escrito con
birome, en un cartón que decía:
AGUSTÍN SARAVIA, DETECTIVE
Prendió la cantora en la estación de
tangos y vio, de nuevo y a su pesar, la fotografía en donde posaba con su
esposa Virginia y con su hijo Martín, un martes de abril de 1.956 (no recordaba
cual martes). Soberbia fotografía en blanco y negro, posaba con una
imperturbable sonrisa chabacana bajo su fino bigote, de perfil, con un traje
gris y zapatos lustrados, abrazando a su hijo quien elevaba el rostro para
contemplar a su padre con admiración; Virginia apenas sonreía, observaba a
Martín con la mirada ensimismada, como flor que se va deshojando; ella sabía
más que nadie como el brillo en los ojos dl pequeño se extinguía, a la par de
su matrimonio con Saravia.
Una nueva esperanza
Agustín Saravia se palmeo la camisa y
el pantalón buscando un cigarrillo para fumar, pero no encontró ninguno.
-Puta.-se quejó.
“Siempre lo recordaré como un sujeto
flemático al mejor estilo inglés, de esos que no insultarían por mar que se
machucarán el dedo con un martillo” había dicho el señor Pilhud, amigo y
compañero de aventuras por más de veinticinco años. Pero los días de bonanza
consistía un molesto recuerdo para el detective. Mientras tomaba mates y
escuchaba a Alberto Castillo en la cantora, consulto otra fotografía (solo
tenía dos).Allí estaba junto al señor Pilhud en su aristócrata estancia privada
Los doce ceibos. También se contemplaba en la fotografía a la bella y
misteriosa Florencia Pilhud, hija del escribano, de la cual estuvo secretamente
enamorado.
-¿Qué será de tu vida, hermosa?-pensó
en voz alta con una sonrisa de satisfacción. Hay dos cosas absurdamente
inevitables en esta vida: el olvido y la muerte, y ambas eran despreciadas por
el detective.
-¡Aquí está, viejo sucio, no se me
murió todavía!-dijo una voz entrando. Era Facundo, un joven de catorce años,
muchacho despierto, amable e inteligente, que encontró al hombre con el rostro
hundido encima del pan y la mermelada vieja-, Mire, le traje el diario de hoy.
-Hijo de puta-Saravia levanto la
cabeza-. Ayer me dijiste lo mismo y me trajiste un diario viejo.
-¡Cálmese, viejo, que hago lo que
puedo! Cuando vuelva de la escuela le traeré comida. Por cierto, ¿recuerda que
le prometí trabajo? ¡La palabra de Facundo Toledo es ley! Hoy, a las diez y
treinta y cinco minutos (ni uno más ni uno menos), vendrá la viuda de Smith a
verlo. Le asegure que le conseguiría trabajo y acerté la mella en el clavo.
Recuerde: diez y treinta y cinco. Ni un minuto más, ni un minuto menos.
Agustín Saravia no escuchaba; estaba
leyendo con interés las aventuras de El
loco Chávez en la contra del Clarín.
El muchacho repitió, palabra por palabra, lo dicho.
-¿Querés unos mates, pibe?
-No, gracias; llegó tarde a la escuela.
Recuerde: diez y treinta y cinco. Póngase pintón; apesta. Ahora, me voy a
conquistar el mundo. ¡Nos vemos al mediodía!
Y, haciendo un saludo militar, se
retiró.
Saravia se humedeció el rostro y se lo
palpo con ambas manos. “¡Dios mío!”, se dijo al verse al espejo, “¿Es qué
envejecí tanto?”. Se secó con la toalla sucia. Se colocó su traje gris y sus
viejos zapatos, se perfumo con una vieja fragancia y se peinó. Pasó a verse de
nuevo al espejo; intento ver a otra persona, pero no pudo engañar: vio a un viejo
sucio y arruinado. Ya no estaba en su célebre despacho en la avenida General
Paz; tuvo que venderlo para pagar el alquiler. De pronto, lagrimas le
recorrieron los ojos.
-¡Mi hijo, mi hijo…!-exclamo con la
voz quebrada.
Pero recogió su máquina de afeitar y
se pasó la hoja por la barba.
Nuevos rencores con viejos enemigos
Tocaron la puerta.
-Faltan tres minutos para la hora
indicad-. Dijo al abrirla.
La atractiva viuda Smith lo observo
perpleja para pasar a consultar su reloj.
-Créame que no, señor Saravia. La
puntualidad siempre ha sido mi principio más férreo.
-Y el mío no prescindir de los detalles.
Pasé.
Se sentaron. Aquella mujer tenía un
rostro elegante y simpático y el notable desarreglo de la casa le fue
indiferente. Conocía la fama de su huésped y se sentía respetuosamente atraída
hacia él.
-Déjeme poner un tango-señalo el
detective-. La vida moderna, con su punk
rock, sus films de Star Wars, sus viajes espaciales, sus
guerras globalizadoras, su prostitución infantil, sus disturbios raciales, su
pornografía abundante y sus pésimos modales en sentido espiritual me hacen
desear escuchar un viejo tango de Carlitos o, en este caso, El choclo. Por cierto, mañana cumpliré
setenta años.
-Perdóneme, Saravia, pero iré al
grano, como le digo a mi nutricionista. Este caso se ampara en las tinieblas de
uno de los hombres más brillante y crueles del país.
El detective se rasco la cabeza.
-Jorge Rafael es cruel, pero no brillante,
en todo caso.
-No, no; no, no; me refiero a uno que, ¿Cómo diré?, en un spaguetti de su propia salsa.
El gato de la casa, blanco y viejo como su dueño, se recostó en el regazo de la viuda Smith. El detective golpeo la vieja radio con su puño, como recordando algo.
-¡Hijo de puta! ¡Guido Del Valle!
La viuda abrió los ojos y arqueo las cejas. El gato se asustó y se fue corriendo.
El choclo empezó a escucharse con dificultad. Saravia le puso una papa a la radio.
-¡Si será una mierda!
-¡Aquí estoy, viejo!-dijo Facundo, entrando por la puerta con atún y pan de un día antes en una canasta de mimbre-. ¡Le pude conseguir comida! Pero, ¿qué le pasa, vejete?
Agustín Saravia no estaba acostado en la cama; estaba sentado a la mesa con lentes en los ojos y una lupa en la mano, consultando unos archivos del juez Guido Del Valle.
-Buenas noticias, pibe. Tengo trabajo. Y, por cierto, mañana es mi cumpleaños.- dijo. Su traje estaba viejo, sus zapatos no estaban lustrados, su comida era vieja, pero un vestigio de infinita esperanza le brillaba en los ojos.
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