II-SU ÚLTIMA PROMESA
Cuando, horas después, la enigmática joven traspaso el umbral de mi
despacho de la General Paz, me haría entender con una actitud sutil que me
amaba y que, acaso yo, Agustín Saravia, la amaba a ella también. Serían las
once de la noche de un viernes, la zona estaba desierta y despejada a pesar de
la lluvia y me había tomado unos buenos amargos bajo la soledad de la atmosfera
que me embargaba. Con frecuencia levantaba mis piernas a la precisa altura del
escritorio y, cuando las bajaba, veía
con aprobación el retrato del sr. Pilhud. Buen tipo, macanudo, fanfarrón.
Irresistible para las mujeres. Hacía tres semanas que se había sentado delante
de mí. Transpiraba y fumaba en exceso, según su costumbre.
El sr. Pilhud
-Parece que refresco, Saravia.
-Ayer estuvo peor-asentí; no me había saludado siquiera el
grosero-¿Quiere retomar nuestra partida pendiente?
-Gracias-sonrió nervioso-. Pero no me apetece jugar. Además, me lleva
mucha ventaja.
Agacho la cabeza y la deposito entre sus manos cetrinas.
-Ya me conoce-dijo-No me gusta perder. No. No me gusta…
La luz de un relámpago entró por la ventana y le ilumino el rostro. Pude ver como una discreta lágrima se
derramaba en su mejilla. Aplasto el cigarrillo en un cenicero y bebió un vaso
de agua en dos tragos largos.
-¿Qué busca, amigo? ¿En que lo puede ayudar Agustín Saravia?
Se había colocado un cigarrillo en la boca. Me palpe el saco, el
pantalón, abrí los cajones. Encontré un fosforo y le encendí lumbre.
-Es el último que tengo-le aclare con una sonrisa.
-Gracias.
Empezó a chupar del cigarrillo, casi sin prisa.
-Yo…estoy jodido, Saravia. Muy jodido.
Una confesión involuntaria
Habré puesto rostro de no comprender, porque me sonrió.
-Los doctores…hace una semana…mis pulmones…
Me llevé una mano a la cara.
-Lo esperan en el otro barrio, amigo.
-¿Cómo lo dedujo?
No te dije nada, pero debí haberte explicado. Debí haberte explicado,
amigo, como ignoro los procedimientos médicos más fundamentales y todas sus
variantes posibles; debí haberte explicado cómo había pelusas en tu saco y
algunas plumas en tu cabello de oro; debí explicarte como discerní que te habías acostado tres días sin levantarte;
debí haberte explicado cómo, teniendo la consideración de que ese era un lunes,
el viernes habías recibido una pésima que te deprimió hasta el punto de
encerrarte en tu habitación, sin levantarte ni cambiarte, y dado que los
médicos estaban implicados, deduje que el único diagnostico posible era un
serio problema en los pulmones para haberse presenciado tanta melancolía. Debí
haberte explicado todo eso, en lugar de decir:
-Lo deduje.
Volvió a agachar la cabeza y señalo al cigarrillo que sostenían sus
labios.
-Un cáncer-aclaro.
-Ya sé. ¿Cuánto tiempo?
-No supieron decírmelo. ¡Dios, Saravia, voy a morirme! Estoy
decepcionado hasta del aire que respiro.
El tesoro
Me acerque. Me compartió uno de sus verdugos y lo encendí con su lumbre.
Me retire hacia la ventana e intente fumar, indagando en la sustancia de la
tormenta desatada en la calle.
-Lo sé, lo sé-asintió mi amigo-Fue una estupidez de mi parte. Debí
disfrutar del placer con cautela. Pero desde la muerte de mi Beatriz todo
colapso. Créame, amigo, que estoy jodido. La vid ase me cayó encima. Todo esto
no tiene objeto. ¿Para qué vivir, si te morís en algún momento? ¿Cuál es la
sustancia efímera de la vida? ¡Todo sabe a mierda!
Le eche la primera pitada al cigarro y exclame, rodeado de una nube de
humo que escapaba por las grietas de mi boca y de mi nariz:
-Esto si lo sabe.
Lo aplaste contra un cenicero.
-¿Hay algo que pueda hacer en virtud suya, mi suicida amigo?
Se puso de pie al instante.
-Claro, Saravia. Cuidar de mi tesoro.
-¿De su dinero?-pregunté con indiferencia.
-Me están esperando en un automóvil-respondió, recogiendo su
sombrero-Necesito que conserve el asunto en el más íntimo secreto. Le repito
que cuide de mi tesoro, amigo.
Una visita
Sin saludarme siquiera, vi como abría la puerta y se retiraba de mi
despacho. Eso había ocurrido un lunes; hoy es viernes, también llueve y ocurrió
un suceso igual de inexplicable que lo complementó. Tocaron la puerta, hará
tres horas; cuando la abrí con la esperanza y fascinación de un niño de once
años, vi una nube de humo como primera impresión y olí un perfume caro. Era mi
amigo el sr. Pilhud, sin duda.
-Hola, perro callejero-me dijo una voz grave y sensual-¿Querés un hueso
fácil de roer?
Era la hija del escribano, Florencia. Como me tenía acostumbrado, me
visitó vestida de negro, color que le combinaba con su pelo y con su piel que
conservaba, sin embargo, rasgos argentados y un brillo luminoso. Diré que
estaba más bella que nunca. Me gustan las mujeres cuando fuman, pero no me
gustan las mujeres fumadoras.
-Perro callejero, ¿me vas a dejar entrar, o vas a roerme con la mirada?
Un automóvil pasó por la avenida e hizo salpicar barro hacia mi ventana.
Tres o cuatro moscas se perseguían bajo la lumbre de mi foco y desde la pared
se escuchaba el track-track de la oficinista de al lado que cumplía absurdas
horas extras con su máquina de escribir. Hice pasar a Florencia, inclinó la
mirada por un momento y me regalo una sonrisa encantadora. Se sentó y yo la
imite en el proceder. Una polilla se escabulló de la solapa de mi pantalón y
comenzó a revolotear alrededor mío.
-¿Bien, señorita? ¿En qué lo `puede ayudar Agustín Saravia?
-Usted me agrada, perro callejero.
Es casi como un tío para mi. Un tío deductor-me sonrío-Déjeme
preguntarle dos cosas. ¿Puedo llamarlo tío?
-Se lo permito. ¿La siguiente pregunta es?
-¿Yo le agrado?
-No podría decir menos.
Sus ojos verdes, bajo sus lánguidos parpados, observaron mis labios
mientras pestañeaban lentamente.
-¿Cuántos años cumplió, señorita?
Sonrió.
-Esas cosas no se preguntan entre parientes, tío. De todas formas-dijo
apoyando sus manos por encima de mi escritorio y colocando su menuda cabeza por
encima-la realidad es que no sos pariente, solo te digo tío para sentirme
más…unida a vos.
-Siempre estaremos unidos…Florencia.
Me pareció más sensual que nunca.
Pasó a sonreir, mientras retiraba de mi
escritorio su rostro y sus manos, de cuyos dedos pendía un cigarrillo apenas
consumido.
-Me encanta cuando me miras asi después de llamarme por mi nombre.
“Florencia…Florencia”-chupo su cigarrillo.
El poder de la deducción
Se llevó una mano a la cartera y luego la retiro violentamente.
-Muchacha, ¿Cuánto quiere?-dije poniéndome de pie-Es claro como el día
que toda esta seducción es para quitarme algo de encima.
Florencia se llevó una mano a la boca, como para cubrir un grito
desesperado.
-¿Qué…?
-Me sonrió-dije, la verdad es que no sabía lo que decía-. Y luego se
llevó la mano a la cartera. Le reitero que no me engaño: intentó pedirme
dinero, y creyendo muy crueles sus artimañas, seducida tal vez por el cariño,
se retractó de su proceder. Seré un
perro callejero, pero usted, señorita…no diré a qué animal se asemeja su
astucia.
-No sea así, Saravia, yo…
-¿Conque estamos con Saravia de nuevo, eh?-me acerque a ella-Por favor,
ya basta. Fue un truco sucio, intentar manipular a un detective deductivo. Me
gustaría ser uno de esos detectives del policial negro representados en los
films de John Houston. Ah Florencia, pero conmigo esas cosas no…
Florencia aplastó el cigarrillo contra un cenicero y me dijo, sin poder
contener la admiración:
-Increíble, usted realmente lo es.
Me incline para poder verla mejor.
-¿Qué quiere que le diga? Estas cosas no funcionan con Agustín
Saravia-explique- Además de detective, me ganó la vida como un modesto profesor
de matemáticas y me apasionan las lecturas. Deduzca por si misma el
atrevimiento de mi postura. Sé interpretar la lógica de los números y de los
textos. No poseo la memoria de Sherlock Holmes, pero créame que tampoco la candidez
de Brown. Dígame cuanto quiere, sabre
procurar ayudarla.
Ella abrió la boca y me explicó que el estilo de mis deducciones era
correcto, porque necesitaba dinero.
-Mi padre se ha encerrado en Los doce ceibos y en mi casa no tengo lo
básico para vivir. Le pediré prestado lo básico y que hable con mi padre.
Le coloque la diestra en su hombro.
-Le voy a decir que hare. Le prestare dinero y le telefoneare a su
padre, con el anticipo de que sabrá escucharme.
Abrí mi billetera.
-Tenga. Y no lo desperdicie.
La acompañe hasta la puerta, parecía algo retraída. Había tocado su
hombro y percibido, mediante vibraciones respiratorias, que no me engañaba.
En la puerta, ella se detuvo.
-Es usted un hombre maravilloso. Si no existiera entre nosotros este
abismo que es nuestra edad, usted ¿sabría lo que le diría?
-¿Qué?
Me beso la frente y repitió:
-Sabría lo que le diría.
La mire.
-Sí, sabría. Disculpe mi brusquedad, creo que Agustín Saravia no ha sido un anfitrión muy generoso. Debe contar con mi apoyo, pues no en balde mi amigo, su padre, el escribano Pilhud, me recomendó que cuidara de su tesoro.
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