miércoles, 31 de julio de 2024

II-SU ÚLTIMA PROMESA-YAMIL ARTIGAS

 II-SU ÚLTIMA PROMESA

 


 

   Cuando, horas después, la enigmática joven traspaso el umbral de mi despacho de la General Paz, me haría entender con una actitud sutil que me amaba y que, acaso yo, Agustín Saravia, la amaba a ella también. Serían las once de la noche de un viernes, la zona estaba desierta y despejada a pesar de la lluvia y me había tomado unos buenos amargos bajo la soledad de la atmosfera que me embargaba. Con frecuencia levantaba mis piernas a la precisa altura del escritorio  y, cuando las bajaba, veía con aprobación el retrato del sr. Pilhud. Buen tipo, macanudo, fanfarrón. Irresistible para las mujeres. Hacía tres semanas que se había sentado delante de mí. Transpiraba y fumaba en exceso, según su costumbre.

 

El sr. Pilhud

 

   -Parece que refresco, Saravia.

 

  -Ayer estuvo peor-asentí; no me había saludado siquiera el grosero-¿Quiere retomar nuestra partida pendiente?

 

  -Gracias-sonrió nervioso-. Pero no me apetece jugar. Además, me lleva mucha ventaja.

 

   Agacho la cabeza y la deposito entre sus manos cetrinas.

 

  -Ya me conoce-dijo-No me gusta perder. No. No me gusta…

 

  La luz de un relámpago entró por la ventana y le ilumino el rostro.   Pude ver como una discreta lágrima se derramaba en su mejilla. Aplasto el cigarrillo en un cenicero y bebió un vaso de agua en dos tragos largos.

 

   -¿Qué busca, amigo? ¿En que lo puede ayudar Agustín Saravia?

 

   Se había colocado un cigarrillo en la boca. Me palpe el saco, el pantalón, abrí los cajones. Encontré un fosforo y le encendí lumbre.

 

  -Es el último que tengo-le aclare con una sonrisa.

 

  -Gracias.

 

  Empezó a chupar del cigarrillo, casi sin prisa.

 

  -Yo…estoy jodido, Saravia. Muy jodido.

 

Una confesión involuntaria

 

   Habré puesto rostro de no comprender, porque me sonrió.

 

  -Los doctores…hace una semana…mis pulmones…

 

   Me llevé una mano a la cara.

 

  -Lo esperan en el otro barrio, amigo.

 

  -¿Cómo lo dedujo?

 

  No te dije nada, pero debí haberte explicado. Debí haberte explicado, amigo, como ignoro los procedimientos médicos más fundamentales y todas sus variantes posibles; debí haberte explicado cómo había pelusas en tu saco y algunas plumas en tu cabello de oro; debí explicarte como discerní  que te habías acostado tres días sin levantarte; debí haberte explicado cómo, teniendo la consideración de que ese era un lunes, el viernes habías recibido una pésima que te deprimió hasta el punto de encerrarte en tu habitación, sin levantarte ni cambiarte, y dado que los médicos estaban implicados, deduje que el único diagnostico posible era un serio problema en los pulmones para haberse presenciado tanta melancolía. Debí haberte explicado todo eso, en lugar de decir:

 

   -Lo deduje.

 

  Volvió a agachar la cabeza y señalo al cigarrillo que sostenían sus labios.

 

  -Un cáncer-aclaro.

 

  -Ya sé. ¿Cuánto tiempo?

 

   -No supieron decírmelo. ¡Dios, Saravia, voy a morirme! Estoy decepcionado hasta del aire que respiro.

 

El tesoro

 

   Me acerque. Me compartió uno de sus verdugos y lo encendí con su lumbre. Me retire hacia la ventana e intente fumar, indagando en la sustancia de la tormenta desatada en la calle.

 

   -Lo sé, lo sé-asintió mi amigo-Fue una estupidez de mi parte. Debí disfrutar del placer con cautela. Pero desde la muerte de mi Beatriz todo colapso. Créame, amigo, que estoy jodido. La vid ase me cayó encima. Todo esto no tiene objeto. ¿Para qué vivir, si te morís en algún momento? ¿Cuál es la sustancia efímera de la vida? ¡Todo sabe a mierda!

 

   Le eche la primera pitada al cigarro y exclame, rodeado de una nube de humo que escapaba por las grietas de mi boca y de mi nariz:

 

   -Esto si lo sabe.

 

   Lo aplaste contra un cenicero.

   -¿Hay algo que pueda hacer en virtud suya, mi suicida amigo?

 

   Se puso de pie al instante.

 

  -Claro, Saravia. Cuidar de mi tesoro.

 

   -¿De su dinero?-pregunté con indiferencia.

 

   -Me están esperando en un automóvil-respondió, recogiendo su sombrero-Necesito que conserve el asunto en el más íntimo secreto. Le repito que cuide de mi tesoro, amigo.

 

Una visita

 

   Sin saludarme siquiera, vi como abría la puerta y se retiraba de mi despacho. Eso había ocurrido un lunes; hoy es viernes, también llueve y ocurrió un suceso igual de inexplicable que lo complementó. Tocaron la puerta, hará tres horas; cuando la abrí con la esperanza y fascinación de un niño de once años, vi una nube de humo como primera impresión y olí un perfume caro. Era mi amigo el sr. Pilhud, sin duda.

 

   -Hola, perro callejero-me dijo una voz grave y sensual-¿Querés un hueso fácil de roer?

 

   Era la hija del escribano, Florencia. Como me tenía acostumbrado, me visitó vestida de negro, color que le combinaba con su pelo y con su piel que conservaba, sin embargo, rasgos argentados y un brillo luminoso. Diré que estaba más bella que nunca. Me gustan las mujeres cuando fuman, pero no me gustan las mujeres fumadoras.

 

   -Perro callejero, ¿me vas a dejar entrar, o vas a roerme con la mirada?

 

   Un automóvil pasó por la avenida e hizo salpicar barro hacia mi ventana. Tres o cuatro moscas se perseguían bajo la lumbre de mi foco y desde la pared se escuchaba el track-track de la oficinista de al lado que cumplía absurdas horas extras con su máquina de escribir. Hice pasar a Florencia, inclinó la mirada por un momento y me regalo una sonrisa encantadora. Se sentó y yo la imite en el proceder. Una polilla se escabulló de la solapa de mi pantalón y comenzó a revolotear alrededor mío.

 

  -¿Bien, señorita? ¿En qué lo `puede ayudar Agustín Saravia?

 

  -Usted me agrada, perro callejero.  Es casi como un tío para mi. Un tío deductor-me sonrío-Déjeme preguntarle dos cosas. ¿Puedo llamarlo tío?

 

   -Se lo permito. ¿La siguiente pregunta es?

 

   -¿Yo le agrado?

 

   -No podría decir menos.

 

   Sus ojos verdes, bajo sus lánguidos parpados, observaron mis labios mientras pestañeaban lentamente.

 

   -¿Cuántos años cumplió, señorita?

 

   Sonrió.

 

  -Esas cosas no se preguntan entre parientes, tío. De todas formas-dijo apoyando sus manos por encima de mi escritorio y colocando su menuda cabeza por encima-la realidad es que no sos pariente, solo te digo tío para sentirme más…unida a vos.

 

   -Siempre estaremos unidos…Florencia.

 

   Me pareció más sensual que nunca.

 

   Pasó a sonreir, mientras retiraba de mi escritorio su rostro y sus manos, de cuyos dedos pendía un cigarrillo apenas consumido.

 

   -Me encanta cuando me miras asi después de llamarme por mi nombre. “Florencia…Florencia”-chupo su cigarrillo.

 

El poder de la deducción

 

   Se llevó una mano a la cartera y luego la retiro violentamente.

 

  -Muchacha, ¿Cuánto quiere?-dije poniéndome de pie-Es claro como el día que toda esta seducción es para quitarme algo de encima.

 

   Florencia se llevó una mano a la boca, como para cubrir un grito desesperado.

 

   -¿Qué…?

 

   -Me sonrió-dije, la verdad es que no sabía lo que decía-. Y luego se llevó la mano a la cartera. Le reitero que no me engaño: intentó pedirme dinero, y creyendo muy crueles sus artimañas, seducida tal vez por el cariño, se retractó de su proceder. Seré un  perro callejero, pero usted, señorita…no diré a qué animal se asemeja su astucia.

 

   -No sea así, Saravia, yo…

 

   -¿Conque estamos con Saravia de nuevo, eh?-me acerque a ella-Por favor, ya basta. Fue un truco sucio, intentar manipular a un detective deductivo. Me gustaría ser uno de esos detectives del policial negro representados en los films de John Houston. Ah Florencia, pero conmigo esas cosas no…

 

   Florencia aplastó el cigarrillo contra un cenicero y me dijo, sin poder contener la admiración:

 

   -Increíble, usted realmente lo es.

 

   Me incline para poder verla mejor.

 

   -¿Qué quiere que le diga? Estas cosas no funcionan con Agustín Saravia-explique- Además de detective, me ganó la vida como un modesto profesor de matemáticas y me apasionan las lecturas. Deduzca por si misma el atrevimiento de mi postura. Sé interpretar la lógica de los números y de los textos. No poseo la memoria de Sherlock Holmes, pero créame que tampoco la candidez de Brown.  Dígame cuanto quiere, sabre procurar ayudarla.

 

    Ella abrió la boca y me explicó que el estilo de mis deducciones era correcto, porque necesitaba dinero.

 

   -Mi padre se ha encerrado en Los doce ceibos y en mi casa no tengo lo básico para vivir. Le pediré prestado lo básico y que hable con mi padre.

 

    Le coloque la diestra en su hombro.

 

   -Le voy a decir que hare. Le prestare dinero y le telefoneare a su padre, con el anticipo de que sabrá escucharme.

 

   Abrí mi billetera.

 

   -Tenga. Y no lo desperdicie.

 

   La acompañe hasta la puerta, parecía algo retraída. Había tocado su hombro y percibido, mediante vibraciones respiratorias, que no me engañaba.

 

   En la puerta, ella se detuvo.

 

   -Es usted un hombre maravilloso. Si no existiera entre nosotros este abismo que es nuestra edad, usted ¿sabría lo que le diría?

 

    -¿Qué?

 

   Me beso la frente y repitió:

 

   -Sabría lo que le diría.

 

   La mire.

 

   -Sí, sabría. Disculpe mi brusquedad, creo que Agustín Saravia no ha sido un anfitrión muy generoso. Debe contar con mi apoyo, pues no en balde mi amigo, su padre, el escribano Pilhud, me recomendó que cuidara de  su tesoro.






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