viernes, 6 de septiembre de 2024

IV-Una margarita que me recuerde a su nombre

 


IV-UNA MARGARITA QUE ME RECUERDE A TU NOMBRE


                               “Antes me había preguntado  muchas 

                                veces cómo eran tan pocos los hombres             

                                que podían vivir para un ideal. Ahora 

                               advertía que todos los hombres son  

                                capaces de morir por un ideal”

                                        HERMAN HESSE, Demian


En la playa

   Hacia una tarde esplenda. El sol flotaba en  la orilla como una serpiente dorada, separándose de las ondulantes nubes del crepúsculo. Habíamos bebido en la jornada, mi amigo, como su cruel costumbre lo ameritaba, había fumado unos cigarrillos alemanes; le satisfacía plenamente hacerlo. Casi estaba en su naturaleza. Con gran aprobación puedo afirmar que no se dedicó a la bebida, se hubiera convertido en un borracho empedernido. Al asomarse a la playa dos jóvenes elegantes y coquetas lo observaron con profundo deleite, el señor Pilhud no se quedó atrás en la contemplación de sus figuras.

  -.Debe ser moderado con ellas, amigo, todos necesitamos una-dije.

    Fuimos a caminar por la costa, el viento soplaba y mi amigo cerró entonces los ojos y aspiro la brisa; sentí en su presencia la fascinación por la naturaleza y el éxtasis de encaminarse a una nueva aventura, y así se lo dije.

   -Presumo hablar del tema con propiedad-me respondió sin abrir los ojos y extendiendo los brazos-. Usted no sabe del tema.

   -¿Cuál es el secreto, mi amigo, que ignora Agustín Saravia?

   Me calló con un calmo gesto de la mano, volvió a cerrar los ojos, extendió las manos para atrás de su espalda y susurro:

   -Escuche.

   La espuma, salpicada por las olas impetuosas, se estrelló contra la costa. Unas gaviotas volaron por encima de las rocas y en la libertad de esa beatitud sentí estremecerse la penosa desdicha de mi atosigado compañero.

   -Le he fallado, amigo-confesé, apenado-Intente, por todos los medios, encontrar una explicación que sustentará la vida, que lo alejara de la muerte. Este es uno de mis mayores fracasos; y debo confesarle, también, que ya no me queda nada en el mundo, todo cuanto ame se ha ido con mi esposa, mi hijo y ahora usted.

   -Naa, na; su vida se ha ido en el asiento trasero de un colectivo la triste tarde de septiembre en que Virginia se fue de su lado. Unas margaritas se deshojaron como preludio a tan lamentable suceso.

   -Usted gana, amigo; no puedo reprocharle nada porque tiene razón. Súmele a esa experiencia la certeza de que, cuando usted…ya sabe…ya sabe…no me quedará nada en este mundo.

   Abrió los ojos y sacudió los brazos hacia adelante.

   -No diga incoherencias, tiene mi tesoro.

   Me quite el sombrero, me rasque la barbilla y repetí:

   -Es lo mismo, no me queda nada. Piense como ella me olvidara al igual que se olvida el otoño de esta brisa de verano. Tiene razón en algo: la vida se deshoja como una margarita.

   -¡Deje en paz las comparaciones, y escuche!

    No oí nada.


En la silenciosa penumbra…


   Agustín Saravia traspasó el umbral, llevaba en una carpeta las últimas pistas del caso. Se le cayeron al piso, Facundo, al levantarlas, se topó con unos papeles médicos.

   -¿Qué es esto, viejo…?

   -Nada, nada.,..

   -¿Qué es…?

   Antes de leer los papeles se percató de que su amigo estaba llorando.

   -¿Últimos resultados? ¿Ha estado yendo al médico…? Pero, ¿qué son estos análisis?

  -Nada, cosas de viejo…cosas de viejo inútil…-pero no podía evitar llorar.- ¡No tengo…no tengo nada, pibe! ¡Nada! ¡Ahora…resulta que me llevara la parca…al otro barrio!-el tartamudeo le pareció divertido a Facundo, pero no dijo nada esta vez.

   -¿Qué?

   -Si…estos son los últimos resultados…es por eso que no pude terminar el caso a tiempo, ya sabes…más de lo mismo…pocas pistas…y muchas preocupaciones…

   Facundo se llevó una mano a la cabeza y cayo sentado en la vieja cama. Suspiro un profundo: “¡Oh!” y permaneció con los ojos cerrados, sentado.

   -¡Y quiso hacer los análisis solo! ¿Por qué…por qué no me dijo nada?

   -Quería ahorrarte molestias, pibe. Soy solo un viejo…un viejo inútil. No quiero ser más una carga y no lo seré-prendió un cigarrillo, Facundo se levantó mecánicamente.

   -¡Deje eso! ¡Le hace mal!

   Agustín Saravia dejo los análisis sobre la mesa, o mejor estaría decir sobre los restos de pescado del día anterior, se sentó en la cama y buscó algo bajo la misma, finalmente lo encontró.

   -¡Todo cambia cuando te beso, preciosa!

   -¡Tire esa botella, viejo! ¡Tírela ya!

   El muchacho se la quitó y la arrojo a la basura. Agustín Saravia eructo.

   -¡Hijo de puta…!

   -No, no es gracioso, Saravia. Debe hacer algo por su dignidad. No puede seguir así. Se está muriendo y fuma y toma…

   -¿Qué queres que haga? ¿Qué queres que haga? ¡No tengo nada más que una jubilación mediocre y un pasado de gloria! ¡Y es horrible! ¡Es horrible eso! ¡Reconocer que lo mejor ya lo diste, que no hay revancha para tus penurias! ¡Que no hay segunda oportunidad!

   -¡Quiero que haga lo que mejor sabe hacer! ¡Resolver el caso!

   -¡El caso! ¡El caso!-el viejo se levantó de la cama y comenzó a caminar, gesticulando-¡Dejame decirte algo del caso! ¡La viuda Smith es una antigua admiradora mía, que se aprovechó de mis historias con el juez para inventar esa sincronía! ¡Te lo juro! ¡Del Valle figura haber muerto hace diez años, hoy leí los archivos! ¡Murió de cáncer como murió el sr. Pilhud y como yo moriré pronto!

   Facundo lo retuvo entre sus pequeñas manos.

  -No… ¡No! ¡Me refiero a su caso, su vida! ¡Resuélvalo! ¡La vida siempre nos plantea una revancha!


          Una margarita que le recuerde su nombre


   Llovía con incierta intensidad aquella noche. La mujer se colocó su último vestido, era sabido que le gustaba celebrar sus cumpleaños sin otra compañía que una buena botella. Esa vez se sintió mucho más hermosa que en otras ocasiones y presintió con optimismo que esa valorización marcaría una tendencia de ahora en adelante. “Sí” se dijo mientras se peinaba al espejo “no me sentiré más fea” no importaba lo que me opinaran los chicos de la escuela o sus colegas. Se querría mucho más, sabría apreciarse equilibradamente. Pasó su mano por el pelo y se olio el perfume. 

   -¡Dios mío!-dijo de pronto en voz alta-¡Sesenta años, sesenta años! ¡Dios mío!

    Miró hacia su izquierda, una fotografía de su esposo fallecido la desnudaba maquinalmente. Ella volteo el retrato boca abajo y luego, más satisfecha, sonrío.

   Si, había cumplido setenta años, la vida la colocaba frente al abismo. ¿Qué le esperaba de la vida más que desdichas? Suspiró profundo y deseó acabar con el sufrimiento ese mismo instante.

   -¡Que desgraciada, que desgraciada soy! ¡Vida perra!

   Coloco un disco de Miles Davis que había comprado en oferta, se sirvió un trago, se sentó en su sofá y entrecerró los ojos. Rabia, su gato, se le sentó en los senos, ella lo abrazo tiernamente.

   -Por tu forma de jugar, me haces acordar a los hombres que tuve en vida, Rabia…Rabia…estaba pensando… ¡Que nombre estúpido te puse!

   Jugaba con el gato y con el hielo del vaso. En esto, tocaron el timbre.

    Se preguntó quién sería a esas horas. “Que no me jodan…”

    Pero tocaron el timbre otra vez. Una tercera. Cuatro veces. “La puta madre…”

   Se levantó despacio, dejando a Rabia y el trago en la mesita de luz. Y allí, con una ridícula boina y unas ridículas margaritas de oferta, que le hacían recordar a su nombre, el detective apareció bajo la lluvia, con el rostro sereno y atento, pero concentrado, a desearla feliz cumpleaños.

   -¿Puedo pasar?


Yamil Artigas

No hay comentarios.:

Publicar un comentario