El primer film que ví fue El sacrificio. Magistral y exquisita, es una visión religiosa frente al conflicto de la guerra fría. Los personajes son metafisicos y profundos y, sin embargo, viven. Admito que no cualquier espectador puede experimentar la belleza de sus films. Su estilo se caracteriza por las pausas. Particularmente, no me tomo por sorpresa, ya que ese es el cine que más disfruto. Meses después ví Nostalghia. Está la disfrute aún más, a pesar de que El sacrificio me dejó una honda impresión. Sin embargo, considero que la diferencia para que se haya producido ese efecto en mi fue el argumento. Un escritor ruso en Italia, apolineo en términos nietzschianos, conoce a un hombre dionisiaco llamado Doménico. Una escena en particular está repleta de belleza, en la que el escritor ruso, mientras escucha esa oración llevada a la música que es la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven, contempla por primera vez, con compresión verdadera, una naturaleza muerta genuina. Descubre, en ese momento, que el arte va más allá del dinero, el prestigio y los títulos. Al menos, el arte verdadero. Comprende que la belleza auténtica reside en la pobreza, la miseria, la modestia. Y allí reside su grandeza. A medida que avanza el film, el biógrafo ruso deja de ser literato para ser escritor, un escritor dionisiaco. Y al final, el italiano y el ruso, respectivamente, emprenden un acto de fé diferente de acuerdo a su elevación espiritual. Doménico trasciende en su sacrificio.
Mi próximo destino será su filmografía en la década de los setenta, tal vez Solaris. Alguien menciono que así como 2001: Una odisea espacial de Kubrick respresenta la ascensión del hombre hacia afuera, Solaris lo es hacia el interior. ¿Será cierto? Ya les contaré cuando lo vea.
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Yamil Artigas
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