miércoles, 31 de julio de 2024

II-SU ÚLTIMA PROMESA-YAMIL ARTIGAS

 II-SU ÚLTIMA PROMESA

 


 

   Cuando, horas después, la enigmática joven traspaso el umbral de mi despacho de la General Paz, me haría entender con una actitud sutil que me amaba y que, acaso yo, Agustín Saravia, la amaba a ella también. Serían las once de la noche de un viernes, la zona estaba desierta y despejada a pesar de la lluvia y me había tomado unos buenos amargos bajo la soledad de la atmosfera que me embargaba. Con frecuencia levantaba mis piernas a la precisa altura del escritorio  y, cuando las bajaba, veía con aprobación el retrato del sr. Pilhud. Buen tipo, macanudo, fanfarrón. Irresistible para las mujeres. Hacía tres semanas que se había sentado delante de mí. Transpiraba y fumaba en exceso, según su costumbre.

 

El sr. Pilhud

 

   -Parece que refresco, Saravia.

 

  -Ayer estuvo peor-asentí; no me había saludado siquiera el grosero-¿Quiere retomar nuestra partida pendiente?

 

  -Gracias-sonrió nervioso-. Pero no me apetece jugar. Además, me lleva mucha ventaja.

 

   Agacho la cabeza y la deposito entre sus manos cetrinas.

 

  -Ya me conoce-dijo-No me gusta perder. No. No me gusta…

 

  La luz de un relámpago entró por la ventana y le ilumino el rostro.   Pude ver como una discreta lágrima se derramaba en su mejilla. Aplasto el cigarrillo en un cenicero y bebió un vaso de agua en dos tragos largos.

 

   -¿Qué busca, amigo? ¿En que lo puede ayudar Agustín Saravia?

 

   Se había colocado un cigarrillo en la boca. Me palpe el saco, el pantalón, abrí los cajones. Encontré un fosforo y le encendí lumbre.

 

  -Es el último que tengo-le aclare con una sonrisa.

 

  -Gracias.

 

  Empezó a chupar del cigarrillo, casi sin prisa.

 

  -Yo…estoy jodido, Saravia. Muy jodido.

 

Una confesión involuntaria

 

   Habré puesto rostro de no comprender, porque me sonrió.

 

  -Los doctores…hace una semana…mis pulmones…

 

   Me llevé una mano a la cara.

 

  -Lo esperan en el otro barrio, amigo.

 

  -¿Cómo lo dedujo?

 

  No te dije nada, pero debí haberte explicado. Debí haberte explicado, amigo, como ignoro los procedimientos médicos más fundamentales y todas sus variantes posibles; debí haberte explicado cómo había pelusas en tu saco y algunas plumas en tu cabello de oro; debí explicarte como discerní  que te habías acostado tres días sin levantarte; debí haberte explicado cómo, teniendo la consideración de que ese era un lunes, el viernes habías recibido una pésima que te deprimió hasta el punto de encerrarte en tu habitación, sin levantarte ni cambiarte, y dado que los médicos estaban implicados, deduje que el único diagnostico posible era un serio problema en los pulmones para haberse presenciado tanta melancolía. Debí haberte explicado todo eso, en lugar de decir:

 

   -Lo deduje.

 

  Volvió a agachar la cabeza y señalo al cigarrillo que sostenían sus labios.

 

  -Un cáncer-aclaro.

 

  -Ya sé. ¿Cuánto tiempo?

 

   -No supieron decírmelo. ¡Dios, Saravia, voy a morirme! Estoy decepcionado hasta del aire que respiro.

 

El tesoro

 

   Me acerque. Me compartió uno de sus verdugos y lo encendí con su lumbre. Me retire hacia la ventana e intente fumar, indagando en la sustancia de la tormenta desatada en la calle.

 

   -Lo sé, lo sé-asintió mi amigo-Fue una estupidez de mi parte. Debí disfrutar del placer con cautela. Pero desde la muerte de mi Beatriz todo colapso. Créame, amigo, que estoy jodido. La vid ase me cayó encima. Todo esto no tiene objeto. ¿Para qué vivir, si te morís en algún momento? ¿Cuál es la sustancia efímera de la vida? ¡Todo sabe a mierda!

 

   Le eche la primera pitada al cigarro y exclame, rodeado de una nube de humo que escapaba por las grietas de mi boca y de mi nariz:

 

   -Esto si lo sabe.

 

   Lo aplaste contra un cenicero.

   -¿Hay algo que pueda hacer en virtud suya, mi suicida amigo?

 

   Se puso de pie al instante.

 

  -Claro, Saravia. Cuidar de mi tesoro.

 

   -¿De su dinero?-pregunté con indiferencia.

 

   -Me están esperando en un automóvil-respondió, recogiendo su sombrero-Necesito que conserve el asunto en el más íntimo secreto. Le repito que cuide de mi tesoro, amigo.

 

Una visita

 

   Sin saludarme siquiera, vi como abría la puerta y se retiraba de mi despacho. Eso había ocurrido un lunes; hoy es viernes, también llueve y ocurrió un suceso igual de inexplicable que lo complementó. Tocaron la puerta, hará tres horas; cuando la abrí con la esperanza y fascinación de un niño de once años, vi una nube de humo como primera impresión y olí un perfume caro. Era mi amigo el sr. Pilhud, sin duda.

 

   -Hola, perro callejero-me dijo una voz grave y sensual-¿Querés un hueso fácil de roer?

 

   Era la hija del escribano, Florencia. Como me tenía acostumbrado, me visitó vestida de negro, color que le combinaba con su pelo y con su piel que conservaba, sin embargo, rasgos argentados y un brillo luminoso. Diré que estaba más bella que nunca. Me gustan las mujeres cuando fuman, pero no me gustan las mujeres fumadoras.

 

   -Perro callejero, ¿me vas a dejar entrar, o vas a roerme con la mirada?

 

   Un automóvil pasó por la avenida e hizo salpicar barro hacia mi ventana. Tres o cuatro moscas se perseguían bajo la lumbre de mi foco y desde la pared se escuchaba el track-track de la oficinista de al lado que cumplía absurdas horas extras con su máquina de escribir. Hice pasar a Florencia, inclinó la mirada por un momento y me regalo una sonrisa encantadora. Se sentó y yo la imite en el proceder. Una polilla se escabulló de la solapa de mi pantalón y comenzó a revolotear alrededor mío.

 

  -¿Bien, señorita? ¿En qué lo `puede ayudar Agustín Saravia?

 

  -Usted me agrada, perro callejero.  Es casi como un tío para mi. Un tío deductor-me sonrío-Déjeme preguntarle dos cosas. ¿Puedo llamarlo tío?

 

   -Se lo permito. ¿La siguiente pregunta es?

 

   -¿Yo le agrado?

 

   -No podría decir menos.

 

   Sus ojos verdes, bajo sus lánguidos parpados, observaron mis labios mientras pestañeaban lentamente.

 

   -¿Cuántos años cumplió, señorita?

 

   Sonrió.

 

  -Esas cosas no se preguntan entre parientes, tío. De todas formas-dijo apoyando sus manos por encima de mi escritorio y colocando su menuda cabeza por encima-la realidad es que no sos pariente, solo te digo tío para sentirme más…unida a vos.

 

   -Siempre estaremos unidos…Florencia.

 

   Me pareció más sensual que nunca.

 

   Pasó a sonreir, mientras retiraba de mi escritorio su rostro y sus manos, de cuyos dedos pendía un cigarrillo apenas consumido.

 

   -Me encanta cuando me miras asi después de llamarme por mi nombre. “Florencia…Florencia”-chupo su cigarrillo.

 

El poder de la deducción

 

   Se llevó una mano a la cartera y luego la retiro violentamente.

 

  -Muchacha, ¿Cuánto quiere?-dije poniéndome de pie-Es claro como el día que toda esta seducción es para quitarme algo de encima.

 

   Florencia se llevó una mano a la boca, como para cubrir un grito desesperado.

 

   -¿Qué…?

 

   -Me sonrió-dije, la verdad es que no sabía lo que decía-. Y luego se llevó la mano a la cartera. Le reitero que no me engaño: intentó pedirme dinero, y creyendo muy crueles sus artimañas, seducida tal vez por el cariño, se retractó de su proceder. Seré un  perro callejero, pero usted, señorita…no diré a qué animal se asemeja su astucia.

 

   -No sea así, Saravia, yo…

 

   -¿Conque estamos con Saravia de nuevo, eh?-me acerque a ella-Por favor, ya basta. Fue un truco sucio, intentar manipular a un detective deductivo. Me gustaría ser uno de esos detectives del policial negro representados en los films de John Houston. Ah Florencia, pero conmigo esas cosas no…

 

   Florencia aplastó el cigarrillo contra un cenicero y me dijo, sin poder contener la admiración:

 

   -Increíble, usted realmente lo es.

 

   Me incline para poder verla mejor.

 

   -¿Qué quiere que le diga? Estas cosas no funcionan con Agustín Saravia-explique- Además de detective, me ganó la vida como un modesto profesor de matemáticas y me apasionan las lecturas. Deduzca por si misma el atrevimiento de mi postura. Sé interpretar la lógica de los números y de los textos. No poseo la memoria de Sherlock Holmes, pero créame que tampoco la candidez de Brown.  Dígame cuanto quiere, sabre procurar ayudarla.

 

    Ella abrió la boca y me explicó que el estilo de mis deducciones era correcto, porque necesitaba dinero.

 

   -Mi padre se ha encerrado en Los doce ceibos y en mi casa no tengo lo básico para vivir. Le pediré prestado lo básico y que hable con mi padre.

 

    Le coloque la diestra en su hombro.

 

   -Le voy a decir que hare. Le prestare dinero y le telefoneare a su padre, con el anticipo de que sabrá escucharme.

 

   Abrí mi billetera.

 

   -Tenga. Y no lo desperdicie.

 

   La acompañe hasta la puerta, parecía algo retraída. Había tocado su hombro y percibido, mediante vibraciones respiratorias, que no me engañaba.

 

   En la puerta, ella se detuvo.

 

   -Es usted un hombre maravilloso. Si no existiera entre nosotros este abismo que es nuestra edad, usted ¿sabría lo que le diría?

 

    -¿Qué?

 

   Me beso la frente y repitió:

 

   -Sabría lo que le diría.

 

   La mire.

 

   -Sí, sabría. Disculpe mi brusquedad, creo que Agustín Saravia no ha sido un anfitrión muy generoso. Debe contar con mi apoyo, pues no en balde mi amigo, su padre, el escribano Pilhud, me recomendó que cuidara de  su tesoro.






lunes, 29 de julio de 2024

1-RENACIMIENTO

 AGUSTÍN SARAVIA, DETECTIVE


POR

YAMIL L. R. ARTIGAS

I. RENACIMIENTO


                                                  “El rasgo distintivo del hombre
                                                   inmaduro es que quiere morir
                                                  noblemente por una causa,
                                                 mientras que el del hombre
                                                 maduro es que quiere vivir
                                                humildemente por una.”

                                                 J.D SALINGER, El guardián
                                                 entre el centeno.


Había que dar vuelta el cartel…

   Seis diecisiete, lunes. El hombre, durante aquella calurosa mañana de noviembre de 1.977 (no había dormido),  estaba abandonado penosamente en los oscuros y gélidos abismos de su cama, repasando las páginas de un diario; no tras la búsqueda de una conspiración o tras las pistas de un asesinato, sino más bien repasando sin mucho interés la sección clasificada. Rápidamente descarto las propuestas laborales.

        “MAESTRO ALBAÑIL SE NECESITA URGENTE, BUEN PAGO.”

        “SE BUSCA PANADERO ESPECIALISTA EN…”

        “INTERESADOS EN REPARTIR CORREO, PRESENTARSE EN… CON SU PROPIA BICICLETA.”

    Una luz de esperanza muy tenue recorrió sus húmedos y cansinos ojos. “Debo dar vuelta el cartel.” Realizo un esfuerzo por levantarse, dos, cuatro, pero todo fue, en un principio, un rotundo fracaso. Ese impedimento, sumado a la acción posterior de ver la fotografía de su esposa y de su hijo en la mesa de luz, lo hicieron sentir muy desgraciado. Realizando un nuevo esfuerzo por levantarse, se le escabulló el diario por las manos y cayo por encima de su barbuda y rechoncha expresión. El diario decía en el encabezado:

        VEINTITRES DE AGOSTO DE 1.977

   -Uggh-se quejó en voz alta-. Mierda.

   Su generosa barriga era un obstáculo más para levantarse apropiadamente. Cuando, al fin, logro sentarse en la cama, se quitó unas migas de pan con dulce de leche de la boca y se llevó una sucia toalla a la frente. Decididamente, hacía calor.

   Calentó la pava y preparo el mate. A sus sesenta y nueve años, con un pasado colmado de aventuras, su prestigio en el área de la deducción no le deparo un retiro respetable. “Los viejos hemos de morirnos, pero con estilo” solía argumentar. Abrió la ventana, y tras mirar hacia afuera, se rasco su pecho velludo y dio vuelta un cartel escrito con birome, en un cartón que decía:

             AGUSTÍN SARAVIA, DETECTIVE

   Prendió la cantora en la estación de tangos y vio, de nuevo y a su pesar, la fotografía en donde posaba con su esposa Virginia y con su hijo Martín, un martes de abril de 1.956 (no recordaba cual martes). Soberbia fotografía en blanco y negro, posaba con una imperturbable sonrisa chabacana bajo su fino bigote, de perfil, con un traje gris y zapatos lustrados, abrazando a su hijo quien elevaba el rostro para contemplar a su padre con admiración; Virginia apenas sonreía, observaba a Martín con la mirada ensimismada, como flor que se va deshojando; ella sabía más que nadie como el brillo en los ojos dl pequeño se extinguía, a la par de su matrimonio con Saravia.

Una nueva esperanza

   Agustín Saravia se palmeo la camisa y el pantalón buscando un cigarrillo para fumar, pero no encontró ninguno.

   -Puta.-se quejó.

   “Siempre lo recordaré como un sujeto flemático al mejor estilo inglés, de esos que no insultarían por mar que se machucarán el dedo con un martillo” había dicho el señor Pilhud, amigo y compañero de aventuras por más de veinticinco años. Pero los días de bonanza consistía un molesto recuerdo para el detective. Mientras tomaba mates y escuchaba a Alberto Castillo en la cantora, consulto otra fotografía (solo tenía dos).Allí estaba junto al señor Pilhud en su aristócrata estancia privada Los doce ceibos. También se contemplaba en la fotografía a la bella y misteriosa Florencia Pilhud, hija del escribano, de la cual estuvo secretamente enamorado.

   -¿Qué será de tu vida, hermosa?-pensó en voz alta con una sonrisa de satisfacción. Hay dos cosas absurdamente inevitables en esta vida: el olvido y la muerte, y ambas eran despreciadas por el detective.

   -¡Aquí está, viejo sucio, no se me murió todavía!-dijo una voz entrando. Era Facundo, un joven de catorce años, muchacho despierto, amable e inteligente, que encontró al hombre con el rostro hundido encima del pan y la mermelada vieja-, Mire, le traje el diario de hoy.

   -Hijo de puta-Saravia levanto la cabeza-. Ayer me dijiste lo mismo y me trajiste un diario viejo.

  -¡Cálmese, viejo, que hago lo que puedo! Cuando vuelva de la escuela le traeré comida. Por cierto, ¿recuerda que le prometí trabajo? ¡La palabra de Facundo Toledo es ley! Hoy, a las diez y treinta y cinco minutos (ni uno más ni uno menos), vendrá la viuda de Smith a verlo. Le asegure que le conseguiría trabajo y acerté la mella en el clavo. Recuerde: diez y treinta y cinco. Ni un minuto más, ni un minuto menos.

   Agustín Saravia no escuchaba; estaba leyendo con interés las aventuras de El loco Chávez en la contra del Clarín. El muchacho repitió, palabra por palabra, lo dicho.

   -¿Querés unos mates, pibe?
 
  -No, gracias; llegó tarde a la escuela. Recuerde: diez y treinta y cinco. Póngase pintón; apesta. Ahora, me voy a conquistar el mundo. ¡Nos vemos al mediodía!

   Y, haciendo un saludo militar, se retiró.

   Saravia se humedeció el rostro y se lo palpo con ambas manos. “¡Dios mío!”, se dijo al verse al espejo, “¿Es qué envejecí tanto?”. Se secó con la toalla sucia. Se colocó su traje gris y sus viejos zapatos, se perfumo con una vieja fragancia y se peinó. Pasó a verse de nuevo al espejo; intento ver a otra persona, pero no pudo engañar: vio a un viejo sucio y arruinado. Ya no estaba en su célebre despacho en la avenida General Paz; tuvo que venderlo para pagar el alquiler. De pronto, lagrimas le recorrieron los ojos.

   -¡Mi hijo, mi hijo…!-exclamo con la voz quebrada.
   Pero recogió su máquina de afeitar y se pasó la hoja por la barba.

Nuevos rencores con viejos enemigos

   Tocaron la puerta.

   -Faltan tres minutos para la hora indicad-. Dijo al abrirla.

   La atractiva viuda Smith lo observo perpleja para pasar a consultar su reloj.

   -Créame que no, señor Saravia. La puntualidad siempre ha sido mi principio más férreo.

   -Y el mío no prescindir de los detalles. Pasé.

   Se sentaron. Aquella mujer tenía un rostro elegante y simpático y el notable desarreglo de la casa le fue indiferente. Conocía la fama de su huésped y se sentía respetuosamente atraída hacia él.

   -Déjeme poner un tango-señalo el detective-. La vida moderna, con su punk rock, sus films de Star Wars, sus viajes espaciales, sus guerras globalizadoras, su prostitución infantil, sus disturbios raciales, su pornografía abundante y sus pésimos modales en sentido espiritual me hacen desear escuchar un viejo tango de Carlitos o, en este caso, El choclo. Por cierto, mañana cumpliré setenta años.

   -Perdóneme, Saravia, pero iré al grano, como le digo a mi nutricionista. Este caso se ampara en las tinieblas de uno de los hombres más brillante y crueles del país.

   El detective se rasco la cabeza.

   -Jorge Rafael es cruel, pero no brillante, en todo caso.


   -No, no; no, no; me refiero a uno que, ¿Cómo diré?, en un spaguetti de su propia salsa.

    El gato de la casa, blanco y viejo como su dueño, se recostó en el regazo de la viuda Smith. El detective golpeo la vieja radio con su puño, como recordando algo.

   -¡Hijo de puta! ¡Guido Del Valle!

    La viuda abrió los ojos y arqueo las cejas. El gato se asustó y se fue  corriendo.

   El choclo empezó a escucharse con dificultad. Saravia le puso una papa a la radio.

   -¡Si será una mierda!

   -¡Aquí estoy, viejo!-dijo Facundo, entrando por la puerta con atún y pan de un día antes en una canasta de mimbre-. ¡Le pude conseguir comida! Pero, ¿qué le pasa, vejete?

   Agustín Saravia no estaba acostado en la cama; estaba sentado a la mesa con lentes en los ojos y una lupa en la mano, consultando unos archivos del juez Guido Del Valle.

   -Buenas noticias, pibe. Tengo trabajo. Y, por cierto, mañana es mi cumpleaños.- dijo.
Su traje estaba viejo, sus zapatos no estaban lustrados, su comida era vieja, pero un vestigio de infinita esperanza le brillaba en los ojos.






domingo, 14 de julio de 2024

Diez grandes películas parte III


 

Fanny y Alexander

Enorme film sueco de Ingmar Bergman de 1982, ganador del Oscar a mejor película no hablada en inglés, Fanny y Alexander es una de las grandes películas de la historia. Es una fabula de hadas pues presenta todos los ingredientes como tal, una película de tres horas de duración que retrata a la sociedad alta sueca de principios del siglo XX. Con una fotografía espléndida de Sven Nyksvit, que no es la tipica atmosfera oscura de los films que Bergman nos tiene acostumbrados, narra la vida de Fanny, de ocho años, y Alexander Ekdhal, de diez quienes, tras la muerte de su padre, viven la tirania de su nuevo padrastro. Su abuela y el novio de su abuela se encargarán de salvarlos. 

Es un film bastante fantástico, como se verá a lo largo del mismo, porque presenta casualidades. Eso quedará a la libre interpretación del espectador. 



Los primeros noventa minutos son narrados desde la perspectiva de la navidad de la familia Ekdhal. Una navidad distinta, llena de desafíos y encuentros. Porque no todas las familias son perfectas.

Desde un principio se muestran a los niños como muy imaginativos y creativos, mientras que los adultos son hostiles y tiranos. No por nada los Ekdhal eran actores, artistas.



Este es el film más amistoso y "fácil" dentro de la filmografía de Bergman, aunque en ciertos pasajes plantea ciertas dificultades. Además, la lucha existencial contra un Dios callado y ausente están siempre presentes, como nos tiene acostumbrados el director. Es, también, la última película de Bergman, el gran cineasta de obras como Fresas salvajes, El séptimo sello y Gritos y susurros. 




Yamil Artigas


domingo, 7 de julio de 2024

Matar un ruiseñor

 

Matar un ruiseñor (1960) de Harper Lee (1926-2016) es una novela américana tradicionalista que recrea muchos de los recuerdo de la infancia de la autora, cómo su relación con su amigo Truman Capite (en este caso, Dill) y otros datos biográficos no muy precisos o claros, pero sin duda innegables. Dos hermanos, Scout y Jem, y su amigo Dill intentan crecer en un barrio racista, mientras el padre de los primeros, Atticus Finch intenta ganar un juicio difícil dada la orientación racista del pueblo. 


La obra tiene dos tramas principales y paralelas bien definidas: el juicio de Atticus y el descubrimiento de Boo Ridley. Boo Ridley es el típico marginado de las novelas americanas. Deberá luchar contra la incomprensión y el hostigamiento a de una sociedad que no lo comprende y lo juzga. Pero representará para Scout un proceso de crecimiento, al igual que el juicio de Atticus y su posición sobre el mismo. Boo era juzgado por el pueblo como un demente peligroso y solo Jem y Scout le demuestran una inocente curiosidad, propia de la edad, motivo que hará que Boo intente ser su amigo. En el juicio, se percibe deliberadamente como Atticus se enfrenta a acusaciones falsas y a un pueblo sediento de venganza, y deberá enfrentarse a ambos casi solo...a excepción del apoyo que le da la comunidad negra, Scout, Jem y Dill desde el público que presencia el acontecimiento. a El título hace alusión a un relato de Atticus sobre su primera escopeta, pero también sobre la pérdida de la inocencia y sobre el prejuicio a las clases marginadas.

Harper Lee (1926-2016).


Matar un ruiseñor es una novela maravillosa, que lo tiene todo, desde reflexiones hasta aventuras. En 1962 la novela fue llevada a la pantalla grande dirigida por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck, quién obtendría el Oscar por su impecable actuación. El film, en blanco y negro, supo captar las intenciones de Harper Lee  sobre la conciencia ciudadana del racismo, la integración social y la justicia. Ganó tres Oscar.


El libro es parte de la narrativa clásica americana y el film de las mejores películas estadounidenses. Sin duda, todo mérito de la gran Harper Lee quien ganaría, además, el Premio Pulitzer.



Yamil Artigas

lunes, 1 de julio de 2024

Diez de las mejores películas de la historia del cine


 

La conjura de un necio

 La conjura de los necios es una novela satírica de John Kennedy Toole (1937-1969). Está es una obra póstuma, ya que el escritor, fastidiado al no verla publicada sumado a su relación con su madre, decidió quitarse la vida un 26 de marzo.




Es considerado el Quijote del siglo XX por su entorno satirico. Narra las aventuras de Ignatius J. Reilly, un obeso medievalista con una visión del mundo definida. Su vida era monótona hasta que por un accidente deberá ir a buscar trabajo teniendo treinta años. La novela se centra, además, en la relación conflictiva de Ignatius con su madre, Inés, que no es otra que la del propio Kennedy Toole con su madre. El escritor, así mismo, no conseguía trabajo con frecuencia y solo una vez salió de su ciudad. El escritor era homosexual y eso le trajo muchos problemas. Pero de su mente salieron La conjura de los necios y La biblia de neon, dos grandes novelas americanas. Sin duda, el escritor era dueño de una gran sensibilidad para retratar su vida desde la sátira.


La conjura de los necios es más que una novela satírica, implica que todos podemos ser héroes, por complicadas que sean nuestras vidas. Plantea que la cotidianidad es una aventura y nosotros unos héroes muy ridículos.



A veces es una aventura conseguir trabajo y todos tenemos dificultades físicas y psíquicas. Encararlas con nobleza día a día es, quizás, nuestro mayor desafío, nos plantea el autor. Debemos vivir con optimismo, con alegría, con humor. Solo así saldremos adelante de la miseria.

Todos tenemos una Myrna y un Jones en nuestra mente: fantasía que debe ser experimentada y realidad que debe ser suprimida. Porque la vida es una aventura extraordinaria.


Yamil Artigas